lunes, 28 de enero de 2013

Los encantos de la muerte


El tema ya estaba instalado. Había sido tapa de diarios y ocupado varios minutos en la tele. Pero de eso, cuando arrancamos con el asado en el club, casi no hablamos. Nuestra pasión va por otro lado. El tiempo pasaba y no tenía ganas de irme. Nos quedamos los cuatro solos.

Yo estaba desesperado por una cerveza bien fría. La temperatura había llegado a un nivel impensado. Nada calmaba el calor y cada vez bebíamos más. Me quedé en cuero, pero ni eso me aliviaba. Después, fui por algo más frío. Hasta que me topé con ella.

No resistí a sus encantos. Me saqué las zapatillas y el pantalón. Y fui a buscarla. Atravesé todo lo que pude. Y llegué. Ella se convirtió en la muerte. Y me arrojó a lo más profundo. Cuando me vinieron a buscar, ya era tarde. 

viernes, 19 de octubre de 2012

El enemigo de mi entorno

Hacía mucho tiempo que tenía que hablar con mi prima. Ella debía saber el acoso continuo al que su marido me sometía vía Facebook. Pero no sé si me hubiera creído. Tenía muy baja autoestima. Suponía que ningún otro hombre la iba a cortejar. Y lo defendía a capa y espada. Cuando descubrió que, después de que me habían asesinado, él tenía mi celular, intentó ayudarlo y deshacerse de una prueba fundamental. Por suerte, no pudo.


No me critiquen diciendo que mis fotos de la red social eran hot, porque son como cualquiera de las que se saca cualquier mujer de mi edad. Eso va para ustedes, machistas. Nada justifica que intenten abusarme, me ahorquen con un cable de teléfono y me asfixien en la bañadera de mi casa.

Claro que estaba desnuda en ese momento, en los minutos previos a mi muerte. ¿Es necesario que explique que estaba en mi propia casa y a punto de bañarme cuando él entró? Me sorprendí y creí que él también lo haría; pero no. Estaba preparado para enfrentarme. Evidentemente sabía que yo estaba sola. Y se me tiró encima. Es obvio que me resistí, de lo contrario estaría viva.

Me dijo cosas asquerosas al oído mientras me pasaba la segunda vuelta de cable por el cuello. Supongo que se excitaba. Yo lo insultaba. Y pensaba en ella, en mi prima. El amor de su vida es nada más y nada menos que un asesino. Mi asesino. Sentí sus manos en mi nuca y lo último que vi fue agua, en un escenario que yo había preparado para relajarme un rato y pensar en un futuro que jamás iba a llegar.

domingo, 1 de julio de 2012

Íntimo Sentido

  Mi desconfianza extrema no me ayudó esa tarde. Ella había venido a hacer una consulta. No la dejé pasar, le comenté que estaba apurada, que iba a salir, así que la atendí en la puerta. No podía escuchar lo que me reclamaba, sólo miraba sus ojos que se iban de órbita y su mandíbula, que no paraba de hacer movimientos exagerados. Me había dado un poco de miedo.

  Me empujó hacia adentro, no atiné a defenderme hasta que vi que sacó el arma. Reaccioné cuando sentí el tiro en mi sien. La saqué fuera de mi casa como pude. Alcancé a dar media vuelta de llave a la puerta. Y no pude más, me caí y no volví a levantarme.

  “¿Cómo va ese vestuario?”, me escribió una amiga, que me había acompañado a comprar ropa para la salir esa noche. No pude contestar. Horas después, me volvió a llamar. No pude atender. Al otro día, otra de las chicas telefoneó. Yo no podía hacer nada. Sentía que el tiempo ya no corría, que todo lo que pasaba a mi alrededor estaba en un segundo plano, hasta el ruido de la moto que llegó con ella de acompañante y se fue. Corroboró que estuviera tirada, inmóvil, en el piso. Eternamente inmóvil.

Sabía que alguien me iba a encontrar, aunque fuera demasiado tarde.

  La puerta estaba cerrada y no había señales de mi presencia. Mi amiga llamó a la policía. “Está tirada en el piso, no se mueve”, escuché que le dijo el agente. Ahí supe que se habían dado cuenta de todo.

  Sé que fui muy solitaria, pero no iba  faltar a una fiesta o no atenderle el teléfono a mis propias amigas. Hoy me doy cuenta de que haber sido tan reservada complicó un poco al armar la lista de sospechosos. Y sospechosas.

lunes, 27 de febrero de 2012

En el basural

  Mi hijo nunca me quiso. Mi marido se había convertido en un avaro. Su amante dijo que lo ayudaría. Su compañero de trabajo, siempre fiel, ni siquiera tuvo que ofrecerse. Tenía a un séquito de su lado. A sus seguidores. 

  Él quería convertirse en viudo. En mi viudo. No podía perder la mitad de la pequeña fortuna que empezó a dejarle la basura de la vida exclusivamente privada. Lo planearon durante un tiempo. 

  Pudieron conmigo. Me mintieron. Les creí. Accedí, me llevaron. Sin mediar palabra y con su rostro impávido, inexpresivo, me disparó en la cabeza. El primer balazo me dejó sorda. Atontada. Si me hubieran dejado así, habría sobrevivido varias horas. Pero ella pidió el segundo tiro. Y lo sentí ante de que llegue. 

  Sin embargo, no lograron la invisibilidad. Ninguno de los tres. Me encargué de torcer el destino de cada una de las cámaras que los acompañaron en ese trayecto que sólo los llevaba y alejaba de mí, de ese cadáver que dejaron tirado como a una bolsa más de basura. Tal como acostumbraban. 

  Hay dos tras las rejas. Uno ya no tiene excusas. El otro miente e intenta embarrar mi vida privada con un cuento de poca monta. La otra debe estar pensando adónde profugarse antes de que el peso de la ley llegue hasta la fiambrería. De mi hijo es mejor no hablar.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Relaciones siniestras

Los vi a los dos. No sabía que no se podía. Estaba despierto, mirando la tele. Dije que le contaría a mi hermana y a mi papá. Escuché que él le dijo “yo me encargo”. Ella se fue. Mi mamá se fue.

Él ya no quería jugar como antes. Su agresividad me asustó pero no pensé que iba a usar lo primero que encontró en el cajón de la mesita de luz para matarme. Después, lo planearon todo con la misma frialdad que me miraban tirado en el piso del dormitorio sin más oxígeno para respirar.

Se hacía difícil maquillar todo para que sólo se trate de un robo. Ni ella ni él sabían dónde estaba escondida la plata. Cerré los ojos con la misma imagen que hoy tengo de ellos: juntos. A uno ya le dibujé los barrotes. Falta ella. 

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sin defensa

Mientras me caía la lluvia en la cara pensaba en cuánto tarda un estudio de ADN. Me pasé el rato dándole vueltas a esa cuestión sin saber por qué. Salí de la ducha y mientras me secaba lo vi. No era él. No parecía él. Sus gestos, su mirada, sus pasos, sus poses marciales me aterrorizaron. Ya nada podía hacer.

Recuerdo un fuerte golpe en la cabeza y ardor en el resto del cuerpo. Caí contra el inodoro y ahí entendí lo que había pasado. Corrí a ver a mi nena, pero era tarde. En ese momento escuché el timbre. Me acerqué a la cocina y mi mamá ya no respiraba. Todo era sangre. Desorden. Destrozos.

Ella llegó en el peor momento. Todavía escucho lo bien de qué le hablaba. Disimuló muy bien la masacre que aún no había terminado. Ella intentó defenderse, pero él le ganó. Apenas dejó de latir su corazón, el celular no paraba de sonar.

Caminó. Nos miró una y otra vez. No quiso tocarnos. Limpió un poco. Intentó irse. Pero volvió. Dejó los cuchillos. Dejó el palo. Se lavó las manos en el mismo baño donde me había dejado tirada. De reojo se aseguraba de que yo siguiera allí.

El rastro de sangre marcó su camino. El de ida y el de vuelta. El logo de aquellas zapatillas quedo plasmado en una causa judicial que tras los resultados del ADN no lo condenó. Su cómplice estuvo ahí. Seis meses después, se cargó el cuádruple crimen encima. Y lo complicó al metódico planificador. Lo que busco que sepan es que, en La Plata, hubo cuatro mujeres más víctimas de un caballero que se cansó de serlo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Mi lugar en el mundo

  Preparé mis vacaciones. Esperaba contarles a mis amigos después de esa noche. Pero sonó el timbre. No pude hacer mucho. Me tomó de sorpresa. Intenté luchar, pensé en dejar huellas para que todos lo sepan, pero no sirvió de nada.

  Mis ojos hubieran podido inmortalizar ese momento, pero buscó taparlos. Me agarré de todo cuanto había, pero estaba sola. Indefensa. Y quedé tirada ahí, en el lugar que había construido para mis noches solitarias y serenas. Mi lugar en el mundo.

  Estuve largos días, largas noches, esperando. ¿Nadie notó mi ausencia? ¿Nadie supuso que si no contestaba el portero, el teléfono y los mails era porque algo andaba mal? Mis animales lloraban, daban vueltas, hambrientos. Estaban raquíticos.

  Un buen día alguien me recordó, pero ya era tarde. Tarde para una escena del crimen que se había convertido en una lucha de supervivencia animal.